PARTE 1

El niño gigante

Nino tenía la tez pálida y un lunar en la punta de la nariz de patata. La barbilla redonda asomaba bajo su boca, que parecía una fresa madura y jugosa, y los pómulos simulaban dos melocotones redondos, llenos y rosados bajo unos ojillos negros de ratón. Tenía unas pestañas largas y abundantes que se movían como agitadas por una brisa cada vez que pestañeaba. Las cejas espesas y oscuras amenazaban con unirse peligrosamente formando una sola y la frente ancha daba paso a una melena castaña y sucia y con un brillo desagradable. Bajo el pelo se adivinaban dos orejas grandes de duende. Grande como un gigante y tosco y pesado, depositaba su exagerado peso sobre una de las piernas gruesas. Los dedos de sus manos, enormes y plagados de callos, con las uñas negras por la suciedad, tamborileaban sobre el mostrador de la secretaría del instituto. La mujer, de cara arrugada como una pasa y cabello gris recogido en un moño rígido, le observaba por encima de las gafas de cristales gruesos mientras tecleaba en el ordenador con rapidez. Nino paseaba sus ojillos de ratón por las orlas de la pared. Las caras de todos aquellos alumnos torcían la boca de manera burlona, observándole y creyéndose superiores a él. Porque lo eran. Todos y cada uno de ellos. Más guapos y agradables, más inteligentes. Sabían leer y escribir. Eran mejores.

— Aquí tiene, joven – la vieja colocó sobre el mostrador un papel con muchas letras y símbolos que Nino ni siquiera se esforzó en intentar descifrar –. Nino Espinosa, cuarto de la ESO B – ella le lanzó una mirada interrogativa y él asintió rápidamente –. De acuerdo. Firme entonces aquí – señaló una casilla –, aquí – señaló otra casilla – y aquí – señaló otra casilla –. Pero léalo primero por si hay algún error en sus datos.

Nino asintió de nuevo en silencio y cogió el folio con las dos manos de gorila. Bajo la mirada atenta e impaciente de la secretaria paseó la vista sobre las líneas impresas en negro. Cuando terminó, volvió a empezar. Por si la mujer se daba cuenta de que lo había leído demasiado rápido. Observó de nuevo aquellos signos ininteligibles, esta vez con más calma, para no levantar sospechas.

— Ya – dijo, y cuando la secretaria asintió con una media sonrisa de gato viejo, cogió un bolígrafo y dibujó una X grande en las tres casillas, procurando parecer seguro en los trazos.

— Muy bien – sentenció la otra mientras le arrebataba de las manos el bolígrafo y el papel –, le avisaré pronto de cuándo tiene que venir a por la última autorización. Buenos días – Nino se despidió con un movimiento de cabeza, cogió la mochila que había dejado en el suelo y salió de la secretaría dando grandes zancadas con las manazas metidas en los bolsillos del pantalón viejo y con manchas de lejía.

Sonó el timbre de la tercera hora de clase mientras dejaba atrás el portón de la entrada principal y se dirigía a la pastelería de la acera de enfrente para comprar otro delicioso bollo con crema para el almuerzo.

Texto y fotografía: Andrea Sànchez

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